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Tu cerebro también habita los espacios

  • Foto del escritor: Andrea Jiménez
    Andrea Jiménez
  • 13 jul
  • 4 min de lectura

Actualizado: hace 5 días

Cómo la arquitectura influye en lo que sentimos, pensamos y hacemos.


Hay lugares en los que entramos y, sin saber exactamente por qué, nos sentimos bien.

Una cafetería en la que podríamos pasar horas. Una habitación que transmite calma. Una oficina que nos mantiene alerta. Una casa que se siente acogedora incluso antes de conocer a quienes viven en ella.

También ocurre lo contrario.

Pasillos que generan incomodidad. Habitaciones que parecen más pequeñas de lo que realmente son. Oficinas que cansan. Espacios perfectamente funcionales que, aun así, se sienten fríos, pesados o simplemente desagradables.

No siempre podemos explicar la razón, pero nuestro cerebro lleva varios segundos analizándola.

Y ahí comienza una de las facetas más interesantes de la arquitectura: un espacio no solamente se observa; también se experimenta.



Antes de entender un lugar, ya lo sentimos


Cuando entramos a un espacio nuevo, nuestro cerebro comienza inmediatamente a recibir información.

¿Cuánta luz hay? ¿Qué tan alto está el techo? ¿Podemos ver hacia el exterior? ¿Hay demasiados objetos? ¿Por dónde podemos salir? ¿El lugar es abierto o cerrado? ¿Hay ruido? ¿Podemos orientarnos fácilmente?

Gran parte de esa información se procesa sin que pensemos conscientemente en ella.

Por eso podemos sentirnos incómodos en un sitio sin identificar una causa concreta.

La arquitectura está comunicándose con nosotros constantemente a través de proporciones, materiales, iluminación, temperatura, sonidos, recorridos y perspectivas.

Un espacio puede decirnos: quédate.

Otro puede decirnos: avanza.

Y otro, aunque nunca haya sido esa la intención de quien lo diseñó, puede hacernos pensar: quiero salir de aquí.


La luz cambia mucho más que lo que vemos

Una ventana no solamente sirve para iluminar una habitación.

La entrada de luz natural modifica nuestra percepción del espacio y nos conecta con algo que ocurre fuera del edificio: el movimiento del día.

La arquitectura cambia conforme pasan las horas.

Una habitación iluminada por la mañana puede sentirse completamente distinta durante la tarde. Las sombras se desplazan, los materiales adquieren otros tonos y aparecen texturas que unas horas antes prácticamente no existían.

Por eso diseñar iluminación no consiste únicamente en preguntarse:

“¿Hay suficiente luz?”

También implica preguntarse:

“¿Cómo queremos que se sienta este lugar?”


La altura también habla

Imagina dos habitaciones con exactamente los mismos metros cuadrados.

Una tiene un techo bajo.

La otra, uno considerablemente más alto.

Aunque su superficie sea idéntica, probablemente no las percibiríamos de la misma manera.

Las proporciones modifican nuestra relación con el espacio. Los lugares amplios y altos pueden transmitir apertura, libertad o monumentalidad, mientras que una escala menor puede generar intimidad y refugio.

Ninguna es necesariamente mejor.

Todo depende de qué necesita experimentar la persona que estará ahí.

Un dormitorio no tiene que provocar lo mismo que el vestíbulo de un museo. Una biblioteca no necesita sentirse como un aeropuerto. Una casa no debería responder a las mismas emociones que una oficina.

Diseñar también significa entender esas diferencias.


Incluso caminar puede ser diseñado

Hay otro elemento de la arquitectura que pocas veces notamos: el recorrido.

No experimentamos los edificios como fotografías.

Los caminamos.

Entramos, giramos, descubrimos, subimos, bajamos, nos detenemos y volvemos a avanzar.

Un arquitecto puede controlar parcialmente qué vemos primero, qué permanece oculto durante algunos segundos y qué aparece después.

Un muro puede bloquear una vista intencionalmente para revelarla unos pasos adelante.

Un pasillo estrecho puede desembocar en un espacio amplio y hacer que este parezca todavía mayor.

Una escalera puede dejar de ser simplemente una conexión entre dos pisos para convertirse en el elemento que organiza toda una experiencia.

La arquitectura tiene algo de narrativa.

No solamente importa lo que existe al final del recorrido, sino cómo llegamos hasta ahí.

¿Por qué buscamos ventanas cuando entramos a ciertos lugares?

Pensemos en un restaurante vacío.

Hay varias mesas disponibles, pero algunas están junto a una ventana y otras en medio del salón.

¿Cuáles elegiríamos primero?

Muchas personas se sienten atraídas por lugares desde los que pueden observar el entorno sin sentirse excesivamente expuestas.

Queremos ver.

Queremos entender dónde estamos.

Queremos tener referencias.

Por eso elementos aparentemente simples —una ventana, una esquina protegida, una vista hacia un jardín— pueden modificar completamente nuestra experiencia.

No necesitamos conocer conceptos de arquitectura para responder a ellos.

Nuestro cuerpo ya lo hace.

El silencio también se diseña

La arquitectura tampoco termina donde acaba lo visual.

Un restaurante puede ser espectacular y resultar agotador si cada conversación rebota por todo el lugar.

Una oficina puede verse minimalista y dificultar enormemente la concentración.

Una vivienda puede tener habitaciones separadas y, aun así, transmitir cada sonido de un espacio a otro.

Materiales, alturas, superficies y distribución afectan la manera en que el sonido se comporta.

Por eso un buen espacio no solamente debería preguntarse cómo se ve.

También:

¿Cómo suena?

¿Cómo se siente al tocarlo?

¿Cómo cambia su temperatura?

¿Incluso cómo huele?

Habitamos con mucho más que los ojos.

Entonces, ¿por qué algunos lugares nunca olvidamos?

Probablemente no recordamos las dimensiones exactas.

Ni el material específico del piso.

Ni la altura de cada muro.

Recordamos otra cosa.

La luz entrando por una ventana.

El eco de un espacio enorme.

La sensación de caminar descalzos sobre determinado piso.

Una vista que apareció después de abrir una puerta.

La casa de nuestros abuelos.

Una escuela.

Un hotel.

Una plaza.

Una habitación en la que ocurrió algo importante.

Con el tiempo, arquitectura y memoria terminan mezclándose.

Los espacios se convierten en escenarios de nuestra vida y dejan de ser únicamente metros cuadrados construidos.

Diseñar espacios es diseñar experiencias

Quizá una de las ideas más interesantes sobre arquitectura sea precisamente esta:

los edificios permanecen quietos, pero nosotros no.

Nos movemos dentro de ellos. Los interpretamos. Los escuchamos. Los tocamos. Los asociamos con recuerdos y reaccionamos emocionalmente ante ellos.

Por eso una buena arquitectura no debería limitarse a preguntarse:

¿Cómo va a verse?

También tendría que preguntarse:

¿Qué va a sentir alguien cuando esté aquí?

Porque mucho después de olvidar exactamente cómo era un lugar, podemos seguir recordando perfectamente cómo nos hizo sentir

 
 
 

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